Saludo de Navidad.

La Navidad es por un lado una celebración religiosa, pero también es la época del año, en que dejamos un poco de lado las preocupaciones cotidianas, para reavivar el espíritu de solidaridad, de renacer en las buenas acciones, y hacer llegar a nuestros amigos, familiares y conocidos, nuestros mejores deseos.
Deseo para todas mis amigas y amigos en este espacio, que en esta navidad compartan momentos inolvidables y que el año 2011, sea el escenario propicio para el cumplimiento de todos vuestros sueños y proyectos, exitosamente!!!
FELIZ NAVIDAD!!!

2 pensamientos en “Saludo de Navidad.

  1. Es, para mi, el día más lento del año.

    Una Navidad, hace unos años, me encontraba sentado en frente de Bobby en un bar de Río de Janeiro, viéndolo sorber su pollo –sus dientes se habían caído varios años atrás, posiblemente debido a su hábito de meterse 5 gramos de cocaína al día.

    Le comentaba acerca de lo que acababa de leer en el National Geographic, sobre un antropólogo que estaba tratando de determinar los límites territoriales de una tribu amazónica conocida como los “flecheros”. Se les había dado ese nombre porque que cada vez que alguien osaba adentrarse en su área de la selva, estos le rociaban con flechas. Y, aunque el sueño de un antropólogo es siempre llegar a hacer el primer contacto con una tribu por descubrir, en esta ocasión, el objetivo -más modesto- consistía en establecer una zona de protección alrededor de esta tribu, para que nunca necesitasen verse expuestos a un mundo moderno que, con seguridad, destruiría su modo de vida.

    Le decía a Bobby que yo no podría estar más de acuerdo con esta noble iniciativa, como ya lo había estado en Colombia la última vez que una tribu fue obligada a salir fuera de la selva y enfrentarse al despiadado mundo moderno. Los “Nukak” -o “Creyentes” como llegaron a ser conocidos- habían estado viviendo en paz en la selva tropical hasta que los combates de la interminable guerra civil colombiana les habían obligado a abandonar sus tierras. Al parecer, lanzas y cerbatanas no eran mucho rival para las armas semi-automáticas.

    Recordaba haber visto a los primeros de ellos a su llegada a Bogotá, caminando descalzos por las calles, ajenos al tráfico, vestidos sólo con taparrabos y llevando, a sus espaldas, fardos de papaya y ñame. Y también que, sorprendentemente, no se encontraba sobre sus rostros la huella de una arruga o alguna línea de preocupación y que aunque posiblemente tenían pocos motivos para sonreír, cuando lo hacían se revelaban sus dientes afilados, inmaculadamente blancos, que nunca habían conocido la decadencia de una dieta de cazadores-recolectores. Y si bien se podría haber esperado encontrar en ellos un cierto nerviosismo ante las “maravillas” de la civilización -ninguno de ellos había visto antes una bolsa de plástico, por no hablar de electricidad, coches o rascacielos-, más bien llevaban su exilio estoicamente. Sus expresiones de profunda calma solo eran levemente traicionadas por la tristeza en forma de sutil brillo en los ojos.

    Se les podía encontrar acampados durante la noche en los parques, acurrucados alrededor de pequeñas fogatas, cantando melancólicas canciones. Lograban sobrevivir asando las verduras que eran capaces de recoger del suelo de los mercados y -como se podía deducir por los huesecillos que se encontraban alrededor de sus fuegos- su nueva dieta se completaba con gatos callejeros.

    Bobby seguía sorbiendo su pollo. No estoy seguro si prestaba mucha atención a lo que le estaba contado.

    Unas noches más tarde -continué- en la televisión, a un antropólogo llamado Luis González -quien había hecho la investigación de campo sobre los “Nukak”- se le concedieron 45 segundos de fama en las noticias. González era un hombre corpulento de barba espesa que, de algún modo, compensaba su calvicie y que, evidentemente, estaba enfadado. Reclamaba al gobierno que tomase medidas inmediatas para proteger esa “gente especialmente vulnerable” -los “Nukak”- que eran conocidos entre los académicos como “los Creyentes” -explicó- porque su lengua no contenía los verbos “mentir” o “engañar”. En su hábitat natural en la selva, esta tribu estaba acostumbrada a tomar uno al otro por su palabra: Si uno gritaba “jaguar” todos trepaban inmediatamente a un árbol. Si otro decía “nido de abeja” todos venían corriendo a degustar la miel.

    ¿Cómo -preguntaba González- se podría esperar que esta tribu prosperase en nuestra difícil y engañosa sociedad?

    Pero Colombia, en aquel tiempo, era un país con otras preocupaciones. Había una guerra civil contra dos diferentes grupos guerrilleros, paramilitares fuera de control y la autonomía de las ciudades amenazada por los poderosos carteles de la droga. El destino de “los Creyentes” difícilmente iba a ser considerado como un asunto de mucha importancia y en consecuencia, las autoridades prefirieron dejar que la naturaleza humana resolviese, en su lugar, el problema.

    No fue ninguna sorpresa que las mujeres fueran las primeras en caer. Pronto, se las pudo ver vestidas con prendas provocativas y maquillajes mal aplicados, de pie en las esquinas de las calles, bajo la atenta mirada de los proxenetas locales. Los hombres “Nukak” no tardaron mucho en encontrarse trabajando 18 horas al día en obras de construcción por toda la ciudad, a cambio de un puñado de plátanos.

    Otros “Creyentes” tuvieron una suerte mas discutible, cuando fueron detenidos por los paramilitares o los grupos guerrilleros y llevados de regreso a la selva para combatir en la guerra civil. Y allí se hicieron famosos por ser fieros guerreros que luchaban con uñas y dientes por lo que creían ser una causa noble -Ley y Orden o Libertad y Justicia, dependiendo del lado que los detenía en primer lugar.

    Un par de meses después de que la mayoría de los “Nukak” hubiese desaparecido de las calles, me encontraba en un bar viendo como un presentador de noticias en la televisión apenas podía contener la risa cuando anunciaba que un “Creyente” había sido detenido con 10 kilos de cocaína en la frontera. Cuando se le preguntó por qué lo había hecho, el pobre diablo al parecer había respondido: “me dijeron que lo hiciera”.

    Oí a alguien toser con cierta violencia y fue cuando me di cuenta de que a un par de metros de distancia estaba sentado el antropólogo, Luis González. Pedí un par de cervezas y me acerqué a él.

    “Si tan sólo le hubieran escuchado a usted.”

    “No tenían dinero, ni voto y ninguna influencia. ¿Por qué iba alguien a escucharme?” -dijo González, sin siquiera darse la vuelta. Se bebió la cerveza que puse delante de él sin ninguna pregunta y luego se volvió hacia mí con una expresión cansada.

    “Lo gracioso -dijo- es que cuando regresé de vivir con los “Nukak”, hace años, pensé que me resultaría difícil readaptarme a la vida moderna. Pero ¿sabes qué? Me di cuenta de que los Creyentes están en todas partes. ¡Solo has de mirar a tu alrededor! Están rezando en las iglesias, marchan con los ejércitos, hacen cola en los grandes almacenes. Donde quiera que mires hay gente que cree en casi todo lo que les dicen. La única razón por la que no los sacan en las noticias se debe a que no se visten con taparrabos.

    Y con eso, González se puso de pie, tumbando su taburete, y salió tambaleándose del local.

    Bobby ya había terminado su pollo, pero eso no parecía haber mejorado su atención. Siempre estaba a mil por hora, lleno de química confianza en sí mismo y actuando como si se encontrara en la cima del mundo. Aquel día, sin embargo, parecía estar unos cuantos peldaños más abajo.

    “Llevo aquí 20 años y eso está bien -cambió de tema Bobby, repentinamente. Desde luego, no echo de menos Canadá. Es solo que los domingos y el día de Navidad me sacan de quicio.”

    Si -pensé-, Bobby tenía razón. Pregúntale a cualquier expatriado, incluso aquellos que están viviendo bajo un indulgente sol tropical, en alguna parte, felizmente libres y meciéndose en el regazo del Paraíso, y te dirán que cuando la Navidad comienza a desarrollarse a su alrededor, siempre se produce una extraña sensación de vacío. Incluso a aquellos a los que no les importan para nada las raíces paganas de una religión que barrió culturas como si de un virus se tratara, o los que detestan la insana adoración del consumismo que la Navidad representa; Aún así, a pesar de todo, sigue siendo para ellos el día más largo del año.

    Y si bien, a menudo, los viajeros nos reímos de la idea de un hogar, una morada. Siempre desesperados por poder escapar de las trampas culturales y financieras que nos tienden nuestros lugares de origen, enseñándonos a nosotros mismos a odiar nuestras propias raíces, tan dispuestos a dejar nuestros países como lo estuvimos, en su día, a abandonar la casa de nuestros padres. Y aún, en algún lugar dentro de uno, late un íntimo deseo, como una necesidad de pertenecer a alguna parte, que cuando todo el mundo se encuentra jugando a la familia feliz enfrente del árbol, no hay forma de ocultar.

    A un biólogo se le preguntó una vez cómo los pájaros pueden saber en que dirección han de volar, a la hora de migrar. Él reflexionó por un momento y dijo:
    “Vuelan en la dirección en la que disminuye su nostalgia.”

    Quizás todos nosotros seguimos -en algún nivel- ese tipo de llamada inconsciente, eligiendo nuestro camino a través de los caprichos a los que la vida nos enfrenta constantemente.

    O si no, siempre podemos negarlo bajo un barniz de cinismo, o con un comportamiento sexual compulsivo o durmiendo todo el día. O con 5 gramos de cocaína.

    De cualquier manera, el 25 de diciembre, para los expatriados como Bobby (y yo mismo), los minutos no pasan con la suficiente rapidez.

    El día más lento del año – Dugutigui
    http://damantigui.wordpress.com

  2. Nunca se me había ocurrido pensar que la Navidad es el día más lento del año, aunque si he pensado a veces que los días festivos o los fines de semana son más lentos y tranquilos que los otros días.
    Aunque reconozco que para una persona expatriada, sola y sin dinero la Navidad puede ser lentísima…todo el mundo está en sus casas junto a sus familiares y amigos y una persona sola parece darse vueltas sobre si mismo esperando que pasen las horas…tal vez puede comer un trozo de pan de pascua y un vaso de leche o un café si puede comprarlos, y si tiene un televisor puede ver los programas de navidad o una película navideña.

    Brasil, Río de Janeiro…que se puede decir acerca de Río de Janeiro que no se haya dicho antes, y sin conocerlo. Podría repetir algunos comentarios de personas que si lo conocen…acerca de su clima por ejemplo, del calor húmedo y pegajoso que humedece el cabello y la piel…o de sus maravillosa piedras semipreciosas y sus semillas con las que se pueden confeccionar maravillosos collares y pulseras…Brasil siempre fue para mí una especie de paraíso tropical, exuberante en vegetación verde y gigantesca, grandes hojas y enredadras, árboles tan altos y frondosos que mantienen en la sombra a la selva.. y pájaros multicolores y animales que no existen en otros lugares del mundo.

    Nunca pensé que pùdiese existir un hombre como Bobby..más preocupado de comer su pollo que escuchar una interesante historia del National Geographic acerca de las tribus amazónicas y los antropólogos.

    Todo lo que puedo conocer acerca de eso es sólo a través de los libros o revistas o de lo que otras personas puedan contarme. Pero creo que no hay nada como el conocimiento directo de las cosas.
    A falta de nativos podría hablar de personas conocidas hace algunos años de esos lugares.
    Recuerdo una sonrisa colombiana preguntándome donde estaban las armas en Chile y yo respondiéndole que las armas estaban en las fuerzas armadas chilenas…jamás pensé que las tuvieran los partidos marxistas de este país.
    Son detalles los que uno recuerda de las distintas personas de otros países.

    Para mi es curioso que los académicos clasifiquen a esos llamados “Nukak”- como “los Creyentes” -pero lo entiendo- entiendo la explicación, pero me pregunto, realmente son tan ingenuos esos nativos americanos..? Creo que nadie está tan aislado como para no conocer la realidad del mundo.

    Es curioso pero vi una vez en una fotografía tomada por un conocido a un nativo australiano semidesnudo vestido con un taparrabos de color rojo , en pleno centro comercial de Brisbane sentado junto a otra persona vestida turísticamente, que estaba leyendo el diario.

    Creo que la impresión es parecida a la que nos pueden ofrecer los habitantes de la isla de Pascua en Chile cuando visten sus trajes tradicionales o autóctonos para recibir a los turistas.

    Creo que el único día más largo del año que conozco. es el día del sol de la medianoche que tienen los suecos en su hermoso país..

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